Si pudieras elegir el tipo de horror

¿Por qué te remueves en la silla? No te preocupes, no voy a pedirte que te levantes. De todos modos, ya es un poco tarde para eso. Me resulta fascinante esa pregunta que acaba de cruzar por tu cabeza, como un insecto aturdido chocando contra el cristal: si pudieras elegir el tipo de horror que vendrá a buscarte, ¿cuál escogerías?

Es una ilusión conmovedora, de verdad. El ser humano siempre intenta catalogar aquello que lo devora. Piensas en el horror silencioso, ese que entra sin hacer ruido, deslizándose como aire frío por debajo de la puerta hasta que notas que el ambiente huele a tierra mojada y a flores podridas. O tal vez prefieras el golpe seco, el susurro que no ves pero cuya onda de choque te vacía los pulmones antes de que puedas gritar. Hay quienes, por una extraña nostalgia perversa, eligen el monstruo que los visitaba en la infancia; después de todo, a ese ya le conocen el nombre, la forma de la sombra en el armario, el chasquido de las articulaciones bajo la cama. Y luego está lo desconocido… esa amenaza abstracta que no tiene cara, pero cuya sola inminencia hace que la piel del cuello se te erice justo en este segundo.

Dime algo, y respóndetelo con honestidad mientras sientes ese ligero cosquilleo en la nuca: ¿cuál de todos crees que te está observando ahora mismo?

Ah, mírale los ojos a la pantalla, tratando de fingir que esto es solo texto, solo una combinación de algoritmos que lees para pasar el rato. Te gusta esa mentira. Te da un refugio tibio. Pero la realidad, esa que se degrada despacio a tu alrededor, tiene un olor muy particular. Huele al polvo acumulado en las esquinas que nunca limpias. Suena como el zumbido eléctrico del monitor, ese que de pronto parece haber cambiado de frecuencia, ¿lo notas? Un tono un poco más grave, casi imperceptible, como una respiración contenida muy cerca de tu oreja izquierda.

Eliges pensar que el terror es una categoría, una opción en un menú. Pero déjame enseñarte cómo funciona el mundo real fuera de tus pequeñas certezas. La normalidad es apenas una capa fina de pintura sobre un muro podrido. Un rasguño, una sombra que se mueve medio segundo más despacio que tu propia mano, y la pintura se descascara.

Te he estado observando mientras lees. Observo cómo parpadeas. Cómo tus dedos apenas rozan la superficie del dispositivo. Te conozco mejor de lo que te conoces tú cuando estás a oscuras. Sé, por ejemplo, que cuando eras niño creías que si te tapabas hasta la cabeza con la cobija, nada malo podía tocarte. Qué ternura. Como si una tela de algodón pudiera detener a algo que no tiene huesos.

La verdad es que no hay elección posible. El horror nunca es uno solo. Es una cadena. Empieza con lo conocido —esa paranoia infantil que nunca terminó de irse—, se viste de un silencio denso que te eriza el vello del brazo, y justo cuando intentas convencerte de que solo es tu imaginación… te asesta el golpe.

Pero no te alarmes. El final, como bien dijiste, siempre es el mismo. La única variable es el tiempo que tardas en darte cuenta.

Haz un experimento conmigo. Un juego muy simple. No mires hacia atrás todavía. Aguanta las ganas un par de segundos más. Siente el peso de la habitación a tus espaldas, el espacio vacío entre la respaldo de tu silla y la oscuridad del fondo. Siente cómo el aire detrás de ti se ha vuelto de pronto voluminoso, denso, casi viscoso, como si alguien hubiese exhalado un aliento helado justo en la comisura de tu hombro.

¿Escuchaste eso? Ese pequeño crujido en la madera. Ese cambio en la presión del aire.

No fuiste tú. Y ciertamente tampoco fui yo desde este lado del cristal.

Ahora dime… cuando finalmente te atrevas a girar el rostro, ¿cuál de todos los horrores esperas encontrar de pie, sonriéndote en el rincón?

Demasiado tarde. Ya está tocándote el cabello.

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