Asmodeo, harto de la carne sin alma

El Relato: monologo de terror

¿Sientes eso? No, no es la corriente de aire de la ventana que jurarías haber cerrado. Es el peso del hastío. El mismo que aplasta los hombros de aquel que lo ha visto todo, lo ha probado todo y, finalmente, se ha quedado vacío. Acércate un poco más a la pantalla, que la luz te queme las pupilas; necesito que veas el abismo que hay detrás de mis palabras. ¿Alguna vez te has preguntado qué sucede cuando un arquitecto del exceso se queda sin material?

Asmodeo está cansado. Es una fatiga vieja, de esas que huelen a vino agrio y sábanas sudadas que ya no logran encender ni una chispa de curiosidad. Él, que convertía el deseo en una obra de arte, en una danza de sombras y suspiros, ahora bosteza frente al espectáculo del mundo. El libertinaje se ha vuelto… barato. Común. Una transacción de píxeles y carne sin alma que se despacha por menos de lo que cuesta un suspiro. ¿Te resulta familiar? Esa urgencia de buscar algo nuevo, algo más fuerte, solo para descubrir que el fondo del pozo siempre está un metro más abajo.

Él me lo susurró anoche, mientras tú dormías y tu teléfono iluminaba tenuemente tu rostro inexpresivo. Me dijo que la humanidad ha domesticado el pecado hasta convertirlo en un trámite aburrido. Y un demonio de su estirpe no tolera el aburrimiento. La lujuria, para Asmodeo, no era solo el cuerpo; era la captura de la voluntad. Pero ahora, ustedes entregan la voluntad antes de que él siquiera extienda la mano. No hay conquista, solo entrega inmediata.

«Voy a cerrar el grifo», me dijo, y su voz sonaba como el roce de escamas sobre mármol frío.

Imagina, por un segundo, un mundo donde el deseo se extinga. No hablo de una castidad virtuosa, no seas ingenuo. Hablo de una sequía absoluta. Una anestesia del alma donde el tacto del otro te resulte tan excitante como el contacto con una pared de cemento húmedo. Asmodeo ha decidido que, si el mundo ha abaratado su reino, entonces el mundo ya no merece sentir nada.

Él ya ha empezado a retirar sus hilos. ¿No lo has notado en tus propias venas? Esa indiferencia que crece, ese vacío que intentas llenar con más contenido, con más ruido, con más imágenes, pero que cada vez te deja más frío. Él está recogiendo su cosecha y marchándose, dejando atrás un desierto de piel inerte.

Lo divertido —y créeme, es hilarante desde donde yo observo— es que creen que la libertad era esto. Pero sin el fuego que él custodiaba, solo son carne que camina hacia la putrefacción sin haber ardido nunca. Él está preparando una medida extrema: el Gran Silencio de la Carne. Borrará la memoria del placer de tus nervios. Te dejará encerrado en tu propia mente, buscando un eco de una sensación que ya no podrás recuperar.

¿Sabes qué es lo más aterrador? Que mientras te cuento esto, estás intentando recordar la última vez que sentiste algo real, algo que no fuera mediado por una pantalla o por la prisa. Y te está costando, ¿verdad? Esa pequeña duda, ese frío que sube por tu espalda… es Asmodeo apagando la luz en tu habitación interna.

Me mira ahora, desde la esquina que tus ojos no alcanzan a enfocar, y sonríe. Dice que ya no necesita tentarte. Solo tiene que esperar a que te des cuenta de que ya no deseas nada, ni siquiera vivir.

Dime, antes de que me retire a las sombras… ¿por qué sigues mirando hacia la puerta? El peligro no está afuera intentando entrar. El peligro ya está sentado a tu lado, aburrido de ti, esperando a que te conviertas en piedra.

Disfruta de tu insensibilidad. Es el último regalo que recibirás de él.

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