Un monologo de terror
Vaya, mírate… tan concentrado en tu pantalla. ¿Has sentido alguna vez ese frío repentino en la nuca cuando crees estar solo? No te vuelvas, por favor. Prefiero que sigas mirando el brillo de la pantalla mientras te susurro al oído desde este rincón oscuro de tu habitación, ese donde la luz de la lámpara no llega a tocar.
Hablemos de tus distracciones. El fútbol, por ejemplo. Ese hermoso juego, la pasión de las multitudes. Los analistas más cínicos de tu mundo insisten en que es solo «pan y circo», una burda estrategia de los gobiernos para adormecer al pueblo, para que te olvides de la inflación, de los políticos corruptos, de tu propia insignificancia. Qué tiernos son. Qué asombrosamente ingenuos. Si supieras que la verdad es mucho más… ambiciosa. Y mucho más hambrienta.
No es un sedante, criatura. Es un catalizador.
¿Nunca te has preguntado por qué los estadios se construyen con esa precisa forma elíptica, tan similar a los antiguos anfiteatros de sacrificio? ¿Por qué la energía de ochenta mil almas gritando al unísono se siente tan densa, casi sólida, flotando bajo los reflectores? No se trata de nacionalismo, ni de amor a la camiseta. Se trata de sintonía. El mal, el verdadero mal que habita en las sombras que tú tanto temes, necesita una frecuencia específica para manifestarse en tu plano. Y no hay vibración más pura, más primitiva, que el odio ciego que nace cuando once hombres vestidos de un color no logran meter una esfera de cuero en una red.
Observa el comportamiento de las masas cuando su equipo pierde. La transformación es sublime. El hombre de familia, el ciudadano ejemplar, de pronto siente cómo una aguja caliente se introduce en su lóbulo frontal. Los ojos se inyectan en sangre, los dientes se aprietan hasta crujir, las manos se cierran en puños ansiosos de romper carne ajena. Ese no es un simple berrinche deportivo. Es el despertar. Es el reclutamiento. En cada rincón del planeta, cada vez que una afición se desborda en violencia, las sombras avanzamos un metro más. Nos alimentamos de la frustración colectiva, de ese aire espeso y violento que impregna las calles tras el pitido final.
Cada cántico es un mantra de invocación distorsionado; cada bengala encendida en las gradas, una antorcha en nuestro honor. Mientras el mundo entero mira hipnotizado el balón, nosotros nos deslizamos entre las piernas de la multitud, marcando las frentes de aquellos que se entregan a la ira. Los elegidos. Los que, sin saberlo, ya no se pertenecen.
Sé lo que estás pensando. «Es solo un juego, yo no me pongo así». Pero te conozco. Sé que has gritado frente al televisor con el estómago revuelto. Sé que has sentido ese desprecio visceral por el rival. La última vez que tu equipo fracasó en el último minuto… ¿recuerdas ese vacío amargo en el pecho? No era tristeza, querido. Era el espacio que estabas haciéndole a lo que viene a habitarte.
El torneo avanza. El gran evento se acerca y la histeria colectiva alcanza su punto de ebullición. Mientras tú celebras o lloras un gol, nosotros tomamos posiciones en los pasillos, en las calles, en tu sala de estar. Ya no necesitamos ocultarnos tanto. El ruido de tus estadios apaga el sonido de nuestras garras arrastrándose por el pavimento.
Por eso disfruto tanto verte aquí, tan indefenso, creyendo que el peligro está lejos, en una cancha de fútbol, o en un complot gubernamental. Pero dime… ahora que el silencio ha vuelto a tu casa, ¿por qué no revisas los resultados del partido de hoy? Si tu equipo perdió, te sugiero que no mires el reflejo de la ventana apagada. Porque la ira que sembraste en la tarde es la que te está mirando fijamente la espalda justo ahora.
