La avaricia no es un deseo ardiente, como dictan los poetas; es un frío glacial que comienza en las yemas de los dedos y termina petrificando el corazón. Según los grimorios medievales y la demonología clásica, Mammon no es simplemente un recolector de almas, sino el arquitecto del abismo que sostiene que todo, absolutamente todo, tiene un precio. Sin embargo, en los círculos más oscuros del esoterismo contemporáneo, se susurra una verdad distinta: el Príncipe de la Envidia de Oro no busca siervos, busca erradicar a los que brillan con una ambición mayor a la suya.
Elias Thorne no creía en demonios, pero entendía de mercados. Su oficina, un santuario de cristal y acero en el piso setenta, dominaba una ciudad que parecía un tablero de circuitos integrados. Elias no quería dinero para gastarlo; lo quería para poseer el tiempo de los demás, para sentir el peso de los destinos ajenos en su balanza personal. Esa noche, el aire acondicionado escupió un vaho inusualmente rancio. Las luces LED parpadearon, y el silencio se volvió denso, como mercurio derramado.
En el centro de su escritorio, apareció una moneda que no estaba allí un segundo antes. No era oro, sino un metal negro que absorbía la luz, grabada con el rostro de una entidad cuya mandíbula parecía desencajada por un hambre eterna. Era Mammon. No venía a ofrecer un pacto; venía a realizar una auditoría.
El suelo de la oficina comenzó a ceder, no hacia el piso inferior, sino hacia una dimensión de sombras corporativas. Las paredes de cristal se cubrieron de una pátina de hollín y azufre. Elias intentó gritar, pero de su garganta solo brotó el sonido metálico de monedas chocando entre sí. Frente a él, una silueta se materializó: era una amalgama de túnicas raídas y joyas que goteaban sangre negra. Sus dedos eran largos, como ganchos de carnicero, y sus ojos eran dos pozos de vacío absoluto.
—Has acumulado mucho, pequeño arquitecto de papel —la voz de Mammon vibró en los huesos de Elias, no en sus oídos—. Pero en mi reino, no se permite la competencia. La codicia es un privilegio de la corona, no una debilidad del mortal.
Elias vio cómo sus cuentas bancarias, sus propiedades y sus imperios se manifestaban físicamente en la habitación como montones de ceniza ardiente. El demonio no quería su adoración; quería su extinción. Mammon extendió una mano y el pecho de Elias se abrió sin dolor, revelando un corazón que ya era de piedra. Con un movimiento elegante, el demonio arrancó el órgano pétreo y lo reemplazó con una sola moneda ardiente.
—Ahora eres parte del cimiento —sentenció la entidad.
El cuerpo de Elias comenzó a fundirse, transformándose en una estatua de bronce angustiado que serviría de pedestal en los salones del infierno. El edificio recuperó su calma, pero el sillón de la presidencia quedó vacío. En la mesa, solo quedó una moneda negra, esperando al próximo que creyera que su ambición era lo suficientemente grande como para no ser devorada por la fuente misma de la avaricia.
