Monologo de terror
¿Sabes qué es lo más divertido de este vacío negro que llamas «espacio»? No es la falta de oxígeno, ni el frío absoluto que te cristalizaría la sangre en un latido. No. Es la arrogancia de creer que, porque no hay aire, no hay nada que pueda escucharte. Acércate un poco más a la pantalla, sí, así… ¿escuchas ese zumbido en tus oídos? Algunos lo llaman tinnitus. Yo lo llamo el eco de lo que te está esperando allá arriba.
Estábamos en la estación Aethelgard, suspendidos como una mota de polvo en el ojo de un dios muerto. Seis meses de confinamiento en una lata de sardinas de titanio. ¿Te has sentido alguna vez atrapado en tu propia habitación, sintiendo que las paredes se cierran solo un milímetro cada noche? Multiplica eso por la nada infinita. Afuera no hay «lejos». Afuera solo hay «nunca».
Todo empezó con el sonido. Un rítmico, casi cariñoso, tap… tap… tap… en el casco exterior. Miller dijo que eran micrometeoritos. Pobre Miller, siempre tan lógico, tan aferrado a sus leyes de la física mientras sus manos temblaban al sostener la taza de café. Pero los meteoritos no tienen ritmo, querido lector. Los meteoritos no esperan a que dejes de hablar para golpear de nuevo, como si estuvieran pidiendo permiso para entrar a cenar.
¿Sientes ese pequeño escalofrío ahora mismo? Quizás es solo la corriente de aire de tu casa. O quizás es el recuerdo de cómo la escotilla de aire de la sección de carga empezó a registrar cambios de presión. Cero coma cinco Pascales. Una insignificancia. Pero en el vacío, una insignificancia es una sentencia de muerte. Fui yo quien fue a revisar. El pasillo era un tubo de sombras y luces LED parpadeantes. La humedad se condensaba en el metal, oliendo a ozono y a algo más… algo dulce, como carne que ha pasado demasiado tiempo bajo un sol que aquí no existe.
Cuando llegué a la esclusa, el silencio era tan denso que podía oír mis propios párpados rozar mis ojos. Miré por el pequeño ojo de buey. ¿Qué esperaba ver? ¿Estrellas? ¿Galaxias? No. Vi un ojo. Un ojo que no tenía pupila, solo una profundidad abisal que reflejaba mi propia cara de terror, distorsionada por el cristal de cuarzo. Pero no estaba afuera. No, no te confundas. El reflejo del ojo no estaba en el cristal exterior. Estaba en el interior.
«Nadie puede oírte gritar», dicen los carteles de las películas. Qué mentira tan reconfortante, ¿verdad? La verdad es mucho peor: todos te oyen, pero a nadie le importa. Escuché los gritos de Miller desde el puente, pero no eran gritos de dolor. Eran gritos de… reconocimiento. Como si hubiera encontrado a un viejo amigo en la oscuridad. Cuando llegué allí, la gravedad artificial había fallado. Las gotas de sangre flotaban en el aire como rubíes suspendidos, perfectamente esféricas, girando perezosamente en la penumbra roja de las luces de emergencia.
Pero Miller no estaba muerto. Estaba… estirado. Sus huesos hacían un ruido similar al de la madera verde rompiéndose mientras algo invisible lo moldeaba, lo retorcía para que cupiera en un espacio que no era de este mundo. Y mientras él se convertía en una masa de cartílago y pánico, me miró. O lo que quedaba de su rostro me miró.
—Está aquí dentro —me susurró con una voz que no usaba cuerdas vocales—. Siempre estuvo en el aire que reciclamos. No vino de fuera. Nosotros lo trajimos en nuestros pulmones.
Y ahora, aquí estoy yo, el último habitante de la Aethelgard, hablándote a través de este vacío de datos. He sellado todas las salidas, pero ¿sabes cuál es el problema de los espacios cerrados? Que el espacio cerrado más perfecto no es una estación espacial, ni una habitación con llave. Es tu propio cráneo.
¿Has notado cómo tu respiración se ha vuelto un poco más pesada desde que empezaste a leer esto? ¿Esa pequeña presión detrás de tus globos oculares? No es fatiga visual, no me mientas. Es el anhelo de algo que quiere salir. La estación está en silencio ahora, pero yo sigo escuchando el tap… tap… tap… Solo que ahora viene de dentro de mis costillas.
No te preocupes por mirar debajo de tu cama o detrás de la puerta. Es inútil. El vacío no está afuera, en las estrellas. El vacío ha encontrado un hogar en el espacio entre tus pensamientos. Y ahora que lo sabes… ahora que me has dejado entrar en tu mente con este relato… ya no estás solo.
¿Sientes ese cosquilleo en la nuca? No te des la vuelta. Ya es demasiado tarde para eso.
