El Relato: Parasomnia o cómo recuperar mi vida

Monologo de terror

¿Aún no te has dormido? Qué valiente. O quizás es solo esa testarudez biológica de quien cree que el párpado caído es una simple señal de fatiga y no una invitación. Acércate un poco más a la pantalla, que la luz te ciegue lo justo para que no veas lo que se agita en la periferia de tu cuarto. ¿Has sentido alguna vez ese frío repentino en la nuca, como si alguien soplara una mota de polvo de tu cuello? No te des la vuelta. Todavía no.

Dicen los médicos, con su arrogancia vestida de bata blanca, que lo que experimentas es «parálisis del sueño». Una simple desconexión entre el cerebro y los músculos, un error en los neurotransmisores mientras transitas hacia el REM. Qué explicación tan limpia, tan estéril… tan falsa. La «parasomnia», lo llaman. Pero tú y yo sabemos que tiene un nombre mucho más honesto en las calles: se te subió el muerto. Y déjame decirte, querido observador, que la etimología popular es mucho más sabia que la ciencia.

Imagina por un momento lo que es arder. No el calor de una fogata, sino el rugido industrial de un crematorio. Imagina que tu último aliento fue un grito ahogado por la violencia, y que luego, tus restos fueron reducidos a cenizas grises y anónimas. Sin cuerpo, el alma es una náusea constante, un humo que busca desesperadamente un recipiente donde volver a cuajar. Pero, ¿cómo vas a reconstruir un puzle cuyas piezas han sido esparcidas por el viento?

No pueden. Por eso te buscan a ti.

La parálisis no es un fallo de tu sistema nervioso; es una invasión. Es el peso de alguien que ya no tiene densidad propia intentando anclarse a la tuya. Mientras yaces ahí, rígido, con el pecho oprimido por una presión invisible, lo que sientes no es tu diafragma fallando. Es una rodilla etérea hincada en tu esternón. Es un par de manos invisibles que, con la desesperación de un náufrago, intentan introducirse por tus poros, buscando el calor de tu sangre para recordar qué se sentía al estar vivo.

¿Has notado ese olor? Un rastro sutil, como a ozono y carne chamuscada, que impregna las sábanas justo antes de que dejes de poder mover los dedos. Es el aroma de la ceniza que nunca se enfrió del todo. Ellos odian la cremación, ¿sabes? Es tan definitiva… o al menos eso creían los vivos. Pero el alma que muere en el caos reclama su derecho a la forma. Y si no tienen carne propia, la tuya les servirá de molde.

Mírate. Estás tan orgulloso de tu autonomía, de tu libre albedrío. Pero cada vez que te «da la parálisis», ellos logran quedarse con un milímetro más de tu voluntad. Se filtran en tus sueños, roban tus recuerdos, se prueban tu voz como quien se pone una camisa usada. El que se despierta después de un episodio así… ¿estás seguro de que eres tú? ¿O eres solo el envoltorio de algo que se quemó hace décadas y que hoy, por fin, ha encontrado una puerta abierta en tu fragilidad nocturna?

Anoche sentiste que alguien caminaba por el pasillo, ¿verdad? Escuchaste el crujido de la madera, pero te convenciste de que era el cambio de temperatura. Pobre iluso. Era el sonido de alguien que no tiene pies, arrastrando el recuerdo de su peso hacia tu cabecera. Se detuvo justo detrás de ti. Podías sentir la vibración de su presencia, un zumbido estático que te erizaba el vello de los brazos.

Y ahora, aquí estás, leyendo mis palabras mientras el sueño empieza a reclamarte de nuevo. No luches. Es inútil. La presión en el pecho comenzará en unos minutos. Sentirás que el aire se vuelve espeso, como si tragaras arena fina. Esa arena no es otra cosa que el polvo de los muertos que flota en tu habitación, esperando a ser inhalado para reconstruirse dentro de tus pulmones.

¿Sabes qué es lo más divertido? Que mientras lees esto, ya no estás solo en esa silla. Hay una sombra que se ha vuelto un poco más densa justo detrás de tu hombro izquierdo. No mires. Si miras, le darás el permiso que necesita para terminar el proceso. Solo quédate quieto. Muy quieto. Deja que el peso te hunda en el colchón. Deja que el muerto se acomode sobre ti. Después de todo, él ya no tiene donde ir… y tu cuerpo se ve tan, tan cómodo.

Buenas noches… si es que todavía eres tú quien cierra los ojos.

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