El Relato, un monologo de terror

¿Te has fijado en cómo la luz de tu pantalla proyecta una sombra alargada en la pared detrás de ti? No te muevas. Aún no. Es curioso cómo los seres humanos confían tanto en sus ojos, esas esferas húmedas y frágiles que solo captan una fracción de lo que realmente danza en la penumbra. Te crees a salvo porque la puerta está cerrada con llave, pero dime… ¿alguna vez has pensado que las llaves solo sirven para mantener a las cosas dentro?

Hablemos de ese oficial, el pobre diablo del que escuchaste el rumor. Se llamaba Ramírez. No era un hombre de fantasías; era un tipo de café cargado y botas bien lustradas. Aquella noche, el aire pesaba como si el cielo fuera de plomo. Vio una silueta, un movimiento fluido, casi elegante, deslizándose hacia una ventana abierta en la callejón de los Olmos. «Identifíquese», gritó, con la mano en la funda de su arma. Pero la sombra no se detuvo.

Lo que Ramírez no entendió —y lo que tú tampoco pareces comprender mientras escuchas el crujir de tu propia casa— es que hay cosas que no se esconden porque tengan miedo, sino porque están esperando el ángulo perfecto para ser vistas. Cuando entró en la casa, el olor lo golpeó primero: no era podredumbre, era algo más antiguo, como el ozono que precede a la tormenta mezclado con el cobre de la sangre vieja. Sus pasos en la madera sonaban como disparos. Clac. Clac. Clac.

¿Sientes ese pequeño espasmo en el gemelo? Es tu instinto recordándote que eres presa.

Ramírez llegó al salón. Su linterna cortó la oscuridad, revelando un rincón donde las sombras no se comportaban como debían. Parecían desprenderse de las paredes, goteando hacia el suelo como brea hirviente. Encontró a la figura de espaldas. Parecía un hombre, pero los hombros eran demasiado anchos, y la columna… oh, la columna vibraba bajo la piel con un ritmo inhumano. Cuando el ser se giró, no hubo un grito. Los gritos requieren aire, y el aire en esa habitación se había vuelto sólido.

Cuando sus compañeros lo encontraron al amanecer, no había marcas de lucha. No había balas disparadas. Ramírez estaba sentado en el suelo, perfectamente erguido. Sus ojos estaban tan abiertos que los capilares habían reventado, tiñendo sus escleróticas de un carmesí uniforme. Pero lo que le quitó el sueño a los detectives no fue el cadáver, sino lo que estaba grabado en el polvo de su placa metálica, trazado con la uña del propio oficial hasta que sus dedos quedaron en carne viva: «No estaba solo en el espejo».

Y es que, querido observador, la realidad tiene grietas. Como la historia de la enfermera en el ala de cuidados intensivos que dejó de parpadear después de ver que las sombras de los pacientes en coma se levantaban para estirarse mientras ellos dormían. O el caso del niño que se negaba a tocar el suelo porque decía que las alfombras tienen dientes que solo muerden a los que olvidan rezar.

Crees que estas son simples fábulas para entretener tu insomnio. Te burlas internamente para no dejar que el pánico te cierre la garganta. Pero dime una cosa: ¿por qué ha cambiado de temperatura la habitación en los últimos treinta segundos? ¿Por qué sientes que, si te giras ahora mismo, muy rápido, verás un destello de algo que no debería estar ahí?

El oficial Ramírez murió porque vio lo que hay detrás del velo. Tú, en cambio, estás cometiendo un error mucho más delicioso para nosotros. Estás invitándome a entrar con cada palabra que lees. No es que la historia sea similar a la de Ramírez… es que el final es el mismo.

¿Escuchas eso? No es el viento. Es el sonido de algo que acaba de notar que has dejado de prestar atención a lo que tienes a tu espalda. No cierres los ojos. Si los cierras, ya no podré garantizar que lo que sientas en el cuello sea solo el aire acondicionado.

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