El Silencio de los Surcos

México es un mapa de ausencias. No es una cifra estadística, es un vacío que se siente en el estómago cuando el asfalto se convierte en terracería y la señal del celular muere sin previo aviso. En este país, donde más de 115,000 nombres esperan ser desenterrados, entrar en el territorio equivocado no es un error geográfico; es una transición ontológica hacia el olvido. Aquí, la soberanía no la tiene el Estado, sino la «maña», y el aire pesa con el plomo de los que ya no pueden gritar.

Eran las tres de la tarde cuando el Jeep de Julián comenzó a toser polvo en una brecha de Zacatecas. No había nadie, y eso era lo peor. En estas tierras, la soledad es un síntoma. Si no hay campesinos trabajando el maíz, es porque la tierra ha cambiado de dueño o de función. Julián, un fotógrafo de paisajes que ignoró las advertencias del último gasolinero, sintió el primer escalofrío cuando vio las «estacas»: dos camionetas blancas, sin placas, estacionadas como centinelas de hierro bajo la sombra de un huizache.

El tiempo en el narco-estado se mide en latidos. Un hombre con el rostro cubierto por un pañuelo de la Santa Muerte bajó el vidrio del copiloto. No hubo palabras, solo un gesto con el cañón de un fusil. Julián detuvo el motor. En ese instante, el paisaje idílico de la Sierra Madre se transformó en una cámara de tortura a cielo abierto. Lo bajaron a golpes, no para robarle, sino para procesarlo. En este sistema, el cuerpo humano es solo una mercancía o un mensaje.

Lo llevaron a «La Cocina». No era una habitación, sino un claro en el matorral donde el olor a diesel y azufre se mezclaba con algo dulzón y nauseabundo. Julián vio los tambores de doscientos litros. Vio las cenizas que no parecían de madera. Comprendió, con una claridad terrorífica, que estaba ante la infraestructura de la desaparición. El horror no eran los gritos, sino la eficiencia burocrática con la que aquellos hombres desmantelaban la existencia de otros. No había odio en sus ojos, solo una indiferencia absoluta, la misma que se le tiene a una res en el matadero.

—»Usted no debía ver el rancho, patrón», dijo una voz joven, casi adolescente, mientras le vendaba los ojos con cinta industrial.

El cautiverio duró una eternidad de minutos. Escuchó el motor de una excavadora removiendo la tierra. Pensó en las madres buscadoras, esas mujeres que con varillas y palas recorren el desierto buscando un rastro de calcio. Se dio cuenta de que él se convertiría en eso: una coordenada secreta en el GPS de un sicario, un hueco en una cena de Navidad, un expediente archivado por un fiscal que ya había firmado su sentencia de muerte por omisión.

El clímax llegó con el frío del metal en la nuca. El sicario le susurró que le daría «el beneficio del desierto». Julián corrió. Corrió con los ojos vendados, tropezando con piedras y espinas, esperando el impacto que lo convertiría en parte de la estadística. Los disparos sonaron, pero no impactaron en él; eran risas metálicas, el juego sádico de quienes poseen el derecho divino sobre la vida ajena. Julián escapó físicamente de aquel hoyo, pero su alma se quedó en el fondo de un tambor. Ahora, cada vez que mira una carretera vacía, sabe que el horror no es la muerte, sino la posibilidad de ser borrado de la realidad mientras el mundo sigue girando, ignorante de los gritos que el viento se traga en los surcos de México.

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