La carretera federal 57 no perdona el cansancio, pero lo que más castiga es el silencio. A las tres de la mañana, entre los tramos desérticos de Matehuala y Saltillo, el asfalto deja de ser una ruta para convertirse en una entidad viva que devora la luz de los faros. Julián, con quince años tras el volante de un Kenworth de dieciocho ruedas, conocía el lenguaje de las sombras, o eso creía hasta aquella noche de neblina espesa que parecía exudar de la misma tierra.
No fue una avería lo que lo obligó a detenerse cerca de El Huizache, sino una figura que el sentido común le ordenaba ignorar. Una mujer, vestida con un atuendo que parecía jirones de niebla, permanecía estática al borde del acotamiento. En el código no escrito de los traileros, detenerse es una ruleta rusa, pero algo en su postura —una rigidez que desafiaba la anatomía humana— lo hizo frenar. Al abrir la puerta, el aire que entró a la cabina no era frío, sino gélido, con un aroma rancio a flores de cementerio olvidadas bajo el sol.
La mujer subió sin decir palabra. Su rostro permanecía oculto tras una cortina de cabello negro y apelmazado. Julián, intentando sacudirse el escalofrío que le recorría la columna, retomó la marcha. «Va lejos, ¿verdad?», preguntó él, buscando en la radio alguna señal que rompiera la tensión, pero solo obtuvo estática, un siseo rítmico que recordaba a una respiración dificultosa.
A medida que avanzaban, el ambiente en la cabina se tornó denso, casi sólido. Julián notó, por el rabillo del ojo, que la mujer no parpadeaba. Peor aún, sus manos, apoyadas en las rodillas, carecían de uñas; eran solo dedos largos y pálidos que terminaban en puntas romas. El terror psicológico comenzó a suplantar a la precaución. No era una autostopista; era algo que la carretera había vomitado.
—En esa curva de adelante me maté yo —susurró una voz que no venía de la garganta de la mujer, sino que parecía vibrar directamente dentro del cráneo de Julián.
El trailero clavó la vista en el camino. Los faros iluminaron un altar improvisado a la orilla del camino, lleno de veladoras apagadas y cruces oxidadas. Al volver la cabeza, el asiento del copiloto estaba vacío. Sin embargo, el peso seguía ahí. El sensor de presión del asiento emitía un pitido incesante, indicando que alguien, o algo, permanecía sentado. Los pedales empezaron a sentirse ligeros, como si una fuerza invisible estuviera ayudándole a acelerar hacia el precipicio. Julián no recuerda cómo llegó a la siguiente gasolinera. Los despachadores lo encontraron aferrado al volante, con los nudillos blancos y los ojos inyectados en sangre. Al revisar la cabina, descubrieron algo que le heló la sangre a todos: en el vidrio de la ventana del copiloto, por dentro, había una huella de mano quemada, con dedos demasiado largos, y en el asiento, un charco de agua estancada que olía a tierra vieja. Desde esa noche, Julián no viaja solo. No porque lleve compañía, sino porque sabe que, en las rutas del norte, algo siempre viaja en el asiento del muerto, esperando el momento exacto para recordarles a los vivos que el asfalto es un cementerio sin fin.
