Depredador marzo 2016
No es una historia que escuché en una cantina ni una de esas leyendas que se cuentan para asustar a los niños.
Lo que voy a contar ocurrió en un pueblo que ya casi nadie menciona. Un lugar perdido entre los montes húmedos de Tabasco, cerca de un río ancho y oscuro que cuando crecía parecía arrastrar la selva entera con él.
El pueblo se llamaba San Isidro del Bajío pero hoy ya no aparece en los mapas.
Cuando recuerdo aquellos días, lo primero que vuelve a mi memoria no son las casas ni la iglesia blanca que estaba frente a la plaza. Lo primero que recuerdo es el olor. Un olor húmedo, pesado, como de tierra removida, que empezó a sentirse después de las primeras lluvias fuertes de aquel año.
La lluvia cayó durante días enteros. No era una lluvia común. Era como si el cielo se hubiera desgarrado sobre el monte. Los cerros comenzaron a deslavarse, el barro corría por las laderas y el río creció hasta desbordarse sobre los caminos. El agua llegó incluso hasta el viejo panteón que estaba en una colina baja detrás del pueblo.
Fue entonces cuando las tumbas empezaron a abrirse. La tierra se aflojaba con el agua y algunos ataúdes quedaron al descubierto. Los hombres del pueblo trataron de cubrirlos de nuevo, pero el barro volvía a correrse con cada aguacero. Los viejos comenzaron a murmurar que aquello no era bueno.
Decían que cuando la tierra se abre donde descansan los muertos, algo más también se despierta. Pero en esos días nadie pensaba en supersticiones. La preocupación era el río, los sembradíos perdidos, las casas inundadas. Hasta que la primera persona desapareció.
Era un jornalero que trabajaba en los cacaotales. Salió temprano, como siempre, con su machete al hombro. Al caer la tarde no había regresado. Pensaron que se había quedado trabajando en otro rancho. Pero al día siguiente su mujer comenzó a preguntar por él en todo el pueblo. Nadie lo había visto. Después desapareció una muchacha que llevaba comida a su padre en el campo. Luego un pescador. Luego un muchacho que regresaba por el camino del río con su bicicleta.
Uno tras otro. Sin gritos. Sin huellas. Sin rastros.
Era como si la tierra misma se los hubiera tragado.
El pueblo comenzó a llenarse de un miedo espeso. Las madres salían por las noches a los portales, esperando escuchar pasos que nunca llegaban. Algunas caminaban por las calles llamando a sus hijos desaparecidos hasta quedarse sin voz.
Los hombres organizaron grupos de búsqueda. Yo fui en uno de ellos.
Caminábamos entre el monte con lámparas de petróleo, gritando nombres que el viento devolvía deformados. Entramos en los cafetales, en los barrancos, en las orillas del río.
No encontramos nada. Ni ropa. Ni machetes. Ni huellas en el barro. Era como si el monte hubiera decidido borrarlos del mundo.
Con el paso de los días el ambiente en San Isidro cambió. Había algo en el aire que no se puede explicar con facilidad. Una sensación pesada, como si la muerte misma flotara sobre las calles de tierra. Incluso al respirar se sentía distinto, como si el aire trajera consigo el olor de las tumbas abiertas.
Las noches se volvieron insoportables.
Los perros aullaban mirando hacia el monte como si trataran de avisarnos de un peligro. Por las tardes algunos hombres juraban haber visto figuras caminando entre los árboles cuando caía la noche. Otros hablaban de sombras que se movían cerca del suelo, como si arrastraran el cuerpo.
Los viejos comenzaron a decir que aquello no eran personas. Que el monte estaba devolviendo cosas que la tierra había guardado durante demasiado tiempo.
Pero lo peor llegó cuando desapareció mi hermano. Había salido con otros hombres a revisar unas trampas de pesca río arriba. Yo me quedé en casa con mi madre. El cielo estaba gris y el aire tenía ese olor húmedo que ya empezábamos a reconocer. Cuando oscureció, los otros hombres regresaron. Mi hermano no.
Dijeron que caminaba unos metros detrás de ellos cuando entraron en una parte del camino cubierta por árboles. Nadie escuchó nada. Nadie vio nada. Simplemente dejó de estar allí.
Durante tres días lo buscamos. Recorrimos el río. Entramos en los cerros. Excavamos en lugares donde el barro parecía removido. Nada.
Mi madre caminaba por el pueblo llamándolo por su nombre. Su voz se fue quebrando hasta convertirse en un susurro que todavía hoy recuerdo en mis pesadillas.
Para entonces ya habían desaparecido más de diez personas. El miedo en el pueblo era tan fuerte que parecía respirarse.
Y fue en una de esas noches cuando vi algo que jamás olvidaré.
Había salido solo a buscar a mi hermano una vez más. La lluvia caía fina y constante, y el camino estaba cubierto de barro. Caminaba cerca del panteón cuando un relámpago iluminó el cerro. Durante un momento vi una figura que estaba en medio del sendero, pude ver que no caminaba como un hombre. Su cuerpo parecía inclinarse hacia adelante, como si le costara sostenerse. Su piel tenía el aspecto de la tierra mojada, y sus brazos colgaban demasiado largos para ser humanos. Un segundo relámpago iluminó el monte, vi su rostro, o lo que debía ser un rostro, no había ojos, solo una oscuridad hundida en la piel.
Sentí un terror tan profundo que me dejó sin aire. Corrí sin mirar atrás, resbalando entre el barro hasta llegar al pueblo.
Después de aquella noche enfermé. Los médicos dijeron que era fiebre por el susto. Otros dijeron que había perdido la razón. Pero lo que yo sabía era que algo había despertado en aquellos cerros.
Con los años llegué a comprenderlo mejor.
Era como si los cerros que se deslavaban hubieran abierto grietas en la tierra, y de esas grietas despertaran seres parecidos a nosotros… pero muertos desde hacía muchos eones. Su aspecto mostraba una extraña perversión de la naturaleza, algo que imitaba la forma humana. Pero su sola presencia envilecía el aire mismo, como si al respirarlo uno llevara a sus pulmones la exhalación de aquellos seres espantosos.
Poco tiempo después abandoné San Isidro del Bajío.
Las lluvias terminaron y el río volvió a su cauce, las desapariciones cesaron. Pero ninguno de los que se fueron regresó jamás.
Hoy, muchos años después, todavía recuerdo el olor de aquella tierra mojada y el silencio del monte en aquellas noches. Y a veces pienso que lo que vimos entonces no desapareció.
Solo volvió a dormir.
Porque hay cosas que la tierra guarda durante siglos…
y que nadie debería despertar jamás.
